Still Prefer Sentir
La chica con anillo de mostacillas
Era alta, delgada y de cabello oscuro con un flequillo recto. Usaba lentes delgados y redondos que, junto a sus ojos color miel, resaltaban la belleza de su calavérico rostro de pómulos levantados y adornaban de lejos una sonrisa tan linda y penosa como el sol en el amanecer de un día lluvioso, que busca por donde asomarse, pero no lo logra. Sin embargo, dejando entrever una pizca de la hermosa ternura que puede llegar a desprender.
La conocí en mi primer semestre de la universidad, pero no me empecé a fijar en ella hasta meses después, al darme cuenta de que cada semestre teniamos una clase juntos. Siempre andaba sola, no hablaba con nadie. En las clases, si tenía que hacer una tarea en grupos, se juntaba con quien tenía al lado, no hablaba, era atenta a lo que decía el profesor.
La forma en que se movía por los pasillos, en que entraba a las clases y se sentaba en su sitio, la hacía ver escurridiza, para nada tosca, como esa hija cohibida que debe encontrar la forma de ensordecer su andar para no llamar la atención y pasar desapercibida ante la ira de un padre abusivo.
A pesar de poner mi atención en ella, habiendo trabajado varias veces juntos, nunca sentí la necesidad de hablarle. Nunca pensé en ella, a excepción de cuando la veía en las clases, de lejos, poniendo más atención a ella que a la clase misma.
Usaba zapatos de plataforma, algo curioso, tomando en cuenta su asombrosa altura. Usaba dos aretes distintos: uno en forma de fresas y otro con forma de aro de radio notable. Vestía pantalones rotos de bota un poco ancha que le llegaban por la parte media-baja de la pantorrilla, dejando ver sus medias altas de motivos varios. Aguacates, fantasmas y fontaneros bigotudos adornaban estas prendas. En sus manos llevaba muchas pulseras. En la mano derecha cargaba dos hechas con nudos color celeste y rojo, eran las más sencillas. La izquierda vestía otras seis, cinco eran de hilo en varios colores y modelos, unas con nudos, otras con trenzas, y una de caucho color negro con los símbolos de un superhéroe que lanza redes y trepa muros. Dos de sus dedos eran envueltos por un anillo de acero en forma de helicoide, mientras el otro era más casero y tenía pinta de estar hecho de mostacillas de colores entre amarillo y naranja, con un hilo negro que las atravesaba.
Las pocas veces que me senté cerca de ella, se paseaba entre las anotaciones de la clase y dibujos que hacía para calmar alguna especie de hiperactividad o ansiedad de la que parecía sufrir. A veces rellenaba hojas enteras con rayas y círculos, otras veces esas rayas se convertían en un hombrecito con corbata que cobraba vida y me saludaba.
A veces, siento que conocí más a ese muñequito animado tan bien hecho y formado que a su creadora, de gesto misterioso y trastornado.