Desde pequeño, nunca me ha gustado la vida rural. Los pueblos, con su silencio, su paz incesante y desesperante donde nada ocurre, nada pasa. Todo está como congelado en un espacio de tiempo aleatorio. Solo avanzando lentamente. Hoy creo que lo necesito.
Esta ciudad con su ruido, su gente molesta y su algarabia sin sentido. La odio, no pertenezco aquí. Pertenezco a la ciudad de los olores verdes. La ciudad tranquila, con su gente calmada y su ruido relajado. La ciudad donde empezó mi camino del autoconocimiento. Donde por al menos dos días fui yo, libre y lejos de esta miseria en la que llevo sumergido por años. Lejos de tu recuerdo. Lejos del pensar.
Mi sufrimiento lo transformo en prosa.
Pasan los años y sigo sin confiar en quienes me rodean. Aunque me quieran demostrar lo contrario, siempre surgen esos momentos donde tras meditarlo me pregunto como un idiota.
¿Qué es confiar?
Escribir se ha convertido en una señal de resistencia. De resistir las ganas de llorar, de matarme y acabar con este sufrimiento. De esforzarme por recordar que mi apellido lleva tilde y tiene nueve letras. Al igual que mi nombre, no cuatro ni cinco.