En las luces de colores
Marco cambia de perspectiva
Hace meses murió la gatita de mi casa, desde entonces a mi familia le ha costado aceptar su partida.
Marco, el otro gato de la casa, la ha pasado muy tranquilo. Mi madre le preguntó cómo hacía. Él respondió que para él seguía viva, pero no de manera espiritual. Viva de andar por ahí, corriendo, comiendo y durmiendo.
Esto no era posible, ella había sido enterrada un día de lluvia, mucho tiempo atrás. Él contestó que él no veía la verdad como nosotros, sino que veía su propia verdad, tal y como él quería que fuera para poder ser feliz y no cargar con esta correa atada al cuello que nos ahogaba a mi familia y a mí cada vez que la recordábamos.
Una noche, mientras dormíamos, se escuchó que alguien comía de la comida de gato que había cerca de la cama, pero no podía ser Marco, este estaba durmiendo en el pie de la misma. Me asomé para ver quién era, y la vi. Mi padre vio mi reacción y se asomó para verla también, exclamando que había llegado, como si se hubiese perdido por un largo tiempo y estuviese de vuelta. Yo lo detuve, recordándole que ya se había ido, que debía aceptarlo. Él regresó a dormir, pero yo, pensando en todo lo que había dicho Marco días atrás, decidí quitarme la correa. Si podía verla, quizá también tocarla.
Casi me ahogo en el proceso, pero después de lograr quitármela, me acerqué a ella y con mi mano izquierda pude tocar su lomo, sintiéndolo tan vivo como cuando estaba viva. Con los días convencí a mis padres de quitarse la correa, para así poder verla también. Mi padre lo logró, pero, por desgracia, cuando mi madre lo estaba intentando, desperté. Sé que ella no volverá. Nunca más.